martes, 22 de julio de 2014

III--LA RUTA DEL ORO 1867


Ciudad Bolívar
Puerto de Tablas
Upata
Guasipati
Nueva Providencia
            La ruta para llegar hasta la región del oro empezaba en Ciudad Bolívar, capital y centro urbano por excelencia y concluía en Nueva Providencia pasando previamente por Puerto de Tablas, Upata y Guasipati.  Cómo era esa ruta, los  lugares hitos en el trayecto, su gente, el comercio, costumbres y la misma miseria del oro, lo describe  Carl Geldner, un  alemán que tratando de encontrar en Venezuela nuevos horizontes para su vida, estuvo en  Ciudad Bolívar, Puerto de Tablas, Upata, Guasipati y Nueva Provincia.

            Tenía Carl Geldner 24 años de edad cuando arribó a Venezuela a fines de  enero de 1865 con ganas de estar, de disfrutar la tierra nueva y hacer algo productivo. Arribó con buen pie, pues no tardó en conseguir trabajo en  una casa mercantil del puerto de La Guaira, pero en 1857 ésta quebró y el joven  tendió la mira hacia Guayana de donde venían noticias sobre importantes hallazgos del metal dorado. Invitó a su hermano Max que se hallaba en Estados Unidos y juntos emprendieron la aventura más cara y difícil  de su vida y de la cuál dejaron un testimonio que bien puede servir hoy para tener una visión de la realidad de Guayana 130 años atrás.

            La Guayana del Dorado, la Guayana del Oro, seguía viva en la memoria del europeo deseoso de hacer fortuna como Carl y Max  picados por ese  prurito que en  enero de 1865 los abordo en las soleadas playas de la Guaira, donde echaron las bases económicas de su aventura que por escaso margen no le costó a ambos la vida tras padecer un vía crucis de enfermedades.

            Su primer contratiempo ocurrió en la puerta de entrada en la Guayana venezolana cuando el barco a bordo del cual viajaban, encalló cerca del caño Macareo y allí permaneció días a pesar del esfuerzo de la tripulación y los pasajeros por desplazarlos con todas clases de maniobras hacia el canal principal del Orinoco.  Al fin, subió la marea y lo lograron, apaciguando el esfuerzo con la emoción del paisaje y la vista pintoresca de pueblos como Barrancas, Guayana la Vieja, Puerto de Tablas y finalmente Angostura, ciudad de escala obligatoria, pues la meta de los forasteros consistía en poder llegar a una ciudad de mucho oro que ostentaba el nombre de Nueva Providencia.

             Guayana la vieja, vigilada por dos castillos, era un caserío prácticamente abandonado y deprimido, pagando las consecuencias del pasado hostigamiento. Puerto de Tablas, sobre una colina pelada, donde parte del pasaje debió transbordarse, eran unas treinta casas de barro, techadas con hojas de palmeras, formando dos callejuelas. Este miserable poblado, nada menos que la puerta del famoso Dorado, deprimió seriamente a los viajeros, más cuando llegaron malas noticias del estado de las minas y cómo los mineros la estaban abandonando a causa de la fiebre.

          Los tropiezos no se quedaron allí sino que a escasas millas de Ciudad Bolívar, la máquina de vapor, propulsoras del barco, comenzó a fallar por falta del carbón. Hubo entonces que tirar el ancla y pernoctar en medio del río hasta el día siguiente que pudieron arrimarse a la orilla para ir en busca de leña.  Logrado de este modo el combustible, reanudaron la navegación hasta ver brillar bajo el sol ardiente la antigua Angostura, la cual le llamó la atención por su atractiva situación sobre una colina rocosa que gana altura suavemente desde la planicie como por sus bonitas casas, dotadas de terrazas.

Narra  Carl Geldner en su libro bilingüe  (alemán – español) Anotaciones de un  viaje por Venezuela, editado por la Asociación  Cultural Humboldt, con prólogo de Miguel Angel Burelli Rivas, que Ciudad Bolívar, para entonces carecía de hoteles. Tan sólo una casa de alojamiento regentada por un alemán de nombre August, pero estaba completamente ocupada por lo que tubo que valerse de una carta de recomendación para  los señores  Blohm, Krohn & Cia  donde había  trabajado en  La Guaira.  El Gerente del negocio  los recibió  amablemente y le brindo alojamiento confortable.

En Angostura imperaba las costumbre de que los empleados de un comercio vivían en la casas de sus superior y también eran alimentados por él, estableciéndose  de esta manera una relación más estrecha  con el negocio y la familia.

El mismo día Carl pudo observar el colorido movimiento en la orilla del Orinoco. Las lavanderas hablando  y riendo, parada en el agua hasta las pantorrillas  y paleando la ropa contra las rocas para sacarle el sucio. Balandras,  lanchas y grandes botes de 40 a 50 tonelada  cubriendo las rutas  Apure y Barinas transportando algodón, café, cacao, ron, papelón, pieles de ciervos y tabaco  así como la ruta del Alto Orinoco con productos como bálsamos de copaiba, aceite de carapa habas de Tonka, chinchorro, totumas, cestas y casabe.

El alemán queda impresionado de los indios que llegan  a la orilla del río  a canjear sus productos por herramientas agrícolas, fusiles , pólvora y plomo.  Los llama camarada silenciosos,  dotados de un gran impulso nómadas, gente que nunca abandona sus severidad estoica y jamás brinda una sonrisa,  menos una risa . Observa  también su nivel   de inteligencia  que considera superior  al hombre de la raza negra y con una  gran capacidad de adaptación al mundo civilizado.

Los deslumbran las galerías porticadas del paseo Orinoco, sus columnas, balcones y celosías, donde transcurre la gran actividad comercial y una comunidad muy abigarrada de damas de mucho colorido vendiendo frutas, arepas, tortillas de coco y otras especialidades muy apetecidas por los trabajadores del río. Al fin llega el día de partir hacia las minas. Carl y  Max embarcan en un vapor, con cuatro burros comprados en Soledad, cargados de herramientas y alimentos. Navegan sobre cubierta junto con otros representantes del reino animal, entre cajas, barriles ,sillas de carga y en medio de ese abigarramiento de seres y de cosas fondean en Puerto de Tablas ya avanzada la noche.  El desembarque fue sumamente angustioso. Los marineros tenían que echarse los pasajeros al hombro en una noche oscura sin iluminación, sin nada parecido a una lámpara y bajo amenaza de lluvia, con el equipaje arrojado en la orilla en un desorden indescriptible. A bordo venían otros once burros de un grupo de franceses, españoles y generales para un total de quince y todos fueron empujados al agua desde la borda para que instintivamente llegaran a la orilla al encuentre de sus amos. Carl y Max no podían identificar, para asegurarlos, aquellos rucios llegados en tropel. Les era sumamente difícil en una noche tan oscura como aquella. Al fin, por descarte, lograron a duras penas  frenar el descarrío de los orejas largas, pero cincharlos, asegurarles las sillas y cargarlos fue toda una empresa  desesperante, más porque los asnos no estaban domesticados y luego porque sus dueños carecían de experiencia. Al final tuvieron que pagar a dos sonrientes y pícaros observadores para que los sacaran del apuro y poder vencer las 50 leguas que distancian a Puerto de Tablas de Nueva Providencia por una vía que más que camino era como una trocha, pues para entonces en Guayana no había caminos y nada se hacía para construirlos, menos se conocían puentes y las quebradas, ríos y riachuelos se vadeaban con el agua a la cintura o embarcados en curiaras.

                Carl en su libro de gran formato, 364 páginas (50 mil bolívares) dice que después de haber caminado largo rato desde que partieron, esperaban ver en cualquier momento al pueblo de San Félix, el cual figuraba en sus mapas de viajeros, pero éste no se veía por ninguna parte. Mas tarde supieron que esa población había sido destruida por completo durante la guerra de independencia y jamás fue reconstruida.

El viaje resultaba para ellos sumamente penoso, posiblemente más para los españoles de la caravana, uno tuerto con faja negra sobre el ojo ciego y a la cintura un sable largo de la época de la conquista, y con una parta de palo en el otro, cojeando a su lado con sus pertenencias envueltas en un pañuelo que colgaba de su diestra.  El oro es un señuelo tan poderoso que no detiene ni a los inválidos. Al fin de tanto andar a la velocidad de un caracol, llegaron a dormir en una choza plagada de murciélagos que terminaron malogrando a unos de sus animales de carga.

Después de pernoctar y con un burro menos, continuaron el viaje por el bosque umbroso y agradables alternado con inmensas sábanas de pasto y alimentándose a fuerza de arroz, jamón y café como postre, bajo la molestia constante de los mosquitos, zancudos y tábanos, descansando tras jornadas de dos y cinco horas en chozas solitarias. O en algún paraje o escenario  boscoso dominado por helechos y bambúes, plantas trepadoras y árboles asombrosos como la copaiba, el sasafrán y la carapa de cuyas semillas los nativos extraían un aceite para detener la caída y hacer crecer el cabello.

Al fin llegaron a Upata, a la que encontraron simpática, placentera y con un clima agradable y saludable. Ciudad de pequeñas casas, consistentes y sólo con un piso bajo, techo de tejas y palmas por todas partes que le daban un aspecto atractivo aunque todas las calles las veían desiertas, animadas sólo por algunas reatas con destino a las minas. Al Libertador, con estatua en la plaza mayor, lo llamaban  el Washington venezolano.

En Upata permanecieron dos días, al cabo de los cuales reanudaron su viaje a Caratal o Nueva Providencia. Hora y media después estaban en Laguna Larga, un hato de 12 millas cuadradas del Señor Lezama, a quien compararon con un patriarca del Nuevo Testamento, pues tenía la estampa de un viejo venerable, padre de quince hijos vigorosos y ocho hijas, las cuales sólo estaban tres que sobresalían por su belleza. “Negros ojos fulgurantes, suave pelo negro con rizos que en abundancia caían sobre sus maravillosas nucas, graciosas, elegantes movimientos y cuerpos perfectos”.  Una de sus hijas se casó con el alemán Carlos Gruber, dueño para entonces del Pilar

Uno de los hatos más importantes de Guayana.

El primero de agosto (1867) reanudaron la marcha, acompañados de un perro que a modo de souvenir les regaló uno de los Lezama.  Le pusieron el nombre de Hans e iba siempre al lado del único burro porque los otros tres se habían quedado en el camino.

            Para aligerar el paso, las botas las sustituyeron por las criollas alpargatas que de todas maneras resultaban incómodas para atravesar pantanos, ríos y quebradas.  La temperatura solar la soportaban con la ayuda de sombreros de jipijapa y en las horas de descanso el café los estimulaba. El único alimento fresco venía de los loros verdes que cazaban con una escopeta de pólvora y perdigones.

Tras dos días de camino llegaron a Guasipati, un pueblo algo más pequeño que Upata, pero que demostraba más vida y prosperidad debido a la proximidad  de las minas. Como todas las viejas misiones, era de construcción cuadrangular, con una larga plaza y en una esquina la iglesia al lado de un monasterio. Casas aisladas con techos voladizos habitadas por negros y mestizos. Los mineros atacados por la fiebre venían a Guasipati en procura de cura, pero dilapidaban su dinero en las mesas de juego.

Observan a la iglesia como la construcción más interesante, construida enteramente con  rolas de madera, sin un solo clavo. A falta de órgano, la música sacra se ejecutaba por medio de dos flautas, guitarra y una vieja gaita, no había ninguna clase de asiento por lo que los fieles atendían de pies los oficio religiosos.  No les gustó el ambiente de Guasipati pues estaba muy penetrado de jugadores y otros males . La abandonaron y se fueron al encuentro de la ciudad Dorada

La Ciudad  Dorada era Nueva  Providencia y su mina por excelencia El Callao, un terreno de cantos rodados sobre el cual se alzaban sin orden ni concierto unas chozas miserables con una población de mil almas, en su mayoría negros trinitarios mezclados con españoles, franceses procedentes de Cayetana, culíes y algunos alemanes.  Más allá estaba Caratal, conformado por unas cien casas techadas con palma de carata donde se hallaba centrado el comercio.    Había orden en las construcciones y las calles estaban empedradas con cuarzo.  Los  mineros habían descubierto  que en el suelo había oro y querían voltear  el poblado, pero las autoridades se opusieron enérgicamente.

Nuestra Señora de las Nieves era la patrona de  Caratal, realidad inexplicable para los forasteros que sólo  experimentaban el encendido calor tropical,  rotundo aguacero y un infierno de tábanos y mosquitos.  El cura cobraba 50 pesos por cada funeral y eso ocurrió cuando murió de hidropesía el comerciante y ganadero Zenón Fajardo, amigo de los hermanos Teodoro y Eduardo Meinhard, propietarios de una tienda y quienes lo acogieron con amistad y benevolencia.  Parte de la herencia de Zenón, se dilapidó en una salvaje borrachera, baile y comilona de sus presuntos amigos que pasaron la noche en el velorìo, no así a la hora del sepelio donde no había más de cuatro personas.

            En Santa Clara los hermanos Carl y Max acusaron y comenzaron a explotar un barranco al tiempo que ayudaban a los Meinhard en el negocio de víveres y mercancía seca; pero aquel barranco resultó un fiasco por lo que pronto lo abandonaron, sobremanera por los gastos que implicaba mantenerlo y por los males que hicieron presa de su salud; níguas , disentería, sabañones, dolores reumáticos y fiebre intermitente que trataban  de aplacar con jugo de naranjas agrias, ipecacuana y esencias de cuaca (planta trepadora).  Y no solamente eran ellos los enfermos sino casi toda la población hasta el punto de que Caratal parecìa un hospital.  Fueron numerosos los que murieron y los cadáveres los cosían en sus propias hamacas y así los sepultaban. .

            Todos los planes y proyectos de los hermanos Carl y Max  se derrumbaron al ser dominados por el ambiente hostil,  de suerte que decidieron regresar.  Primero lo hizo Max el 4 de septiembre y luego Carl, tras escapar de un conato de incendio que amenazó con destruir la tienda de los Meinhard.  Los dos se manifestaron agradecidos por haber podido escapar  más o menos  intactos.  A muchos de los que llegaron junto con ellos  y tras ellos,  atraídos por el brillo dorado,  las minas le depararon la ruina y quienes tuvieron éxito,  muy pocos por cierto,  fue a costa de su salud.

            De la visita de estos dos forasteros a punto,  como tantos miles,  de ser devorados por la selva y mortalmente cegados por el brillo del oro,  sólo quedó el testimonio  escrito y gráfico de su paso por estas tierras cuya historia por retazos va siendo rescatada de los  abismos de la memoria.

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