martes, 22 de julio de 2014

I--EL PARAÍSO DE AMALIVACA



 





El Orinoco
El Dorado
El único afortunado
El tesoro de los frailes
Los Petroglifos


 
  
                                                     

 
 
 
Los primitivos habitantes del Orinoco, al igual que los cristianos, tenían su Dios y toda una concepción de la naturaleza, sólo que su dios no era tan omnipotente, pues solía  requerir de la ayuda de su hermano, hasta que un día de manera sorpresiva llegaron los conquistadores afanados por el oro y lo trastocaron todo.



Amalivaca consultaba a su hermano Vocci y se la llevaban bien.  Tenía Amalivaca dos hijas, a una de las cuales, dice la leyenda, que le inutilizó las piernas para que se quedara echando raíces en la tierra prometida.



Y la tierra que Amalivaca obsequió a los aborígenes nada tenía que envidiarle al Paraíso perdido de Adán y Eva.  Como aquel cantado por Milton, era este de Guayana un paraíso con grandes ríos, cascadas, lagos, remansos, oro, bedelio, ónice, aire purísimo, árboles de todos los frutos, tamaños y colores.



Por ello, Colón, que tanto sabía del Paraíso cristiano, lo embargan estas cavilaciones al navegar frente al estuario donde el Orinoco se reparte en vástagos hacia la aventura del mar.



Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal porque sitio es conforme a la opinión de estos santos e sanos teólogos, y así mismo las señales son muy conformes que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así e vecina con la salada; y de ello ayuda la suavísima temperancia, y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo.



El predestinado Almirante se aproximaba inconscientemente a la verdad mitológica de los aborígenes que creían aquello de veras como el Paraíso.  Un Paraíso donde aún anida el infierno de la Manigua que atrae y devora a los afiebrados buscadores de oro.  Aquel Paraíso tenía su Dios que era Amalivaca, el dios de la esperanza que llega, procrea y luego parte en una curiara hacia el otro lado del mar, dejando en el alma de los moradores el presentimiento del retorno.



            Dice la leyenda que después de largo tiempo regresó Amalivaca cortejado por su hermano Voccí y dos hijas a fin de continuar perfeccionando su obra en aquella tierra paradisíaca.  Entonces fue cuando concibió al Orinoco para facilitar la comunicación entre un lugar y otro de la extensa y prodigiosa geografía de Guayana; pero los aborígenes, no obstante lo contento y maravillado que estaban, propusieron a su dios que la obra fuese más completa en el sentido de que en vez de una corriente de agua descendente creara otra con la misma fuerza a la inversa de suerte que los remadores no se agotaran.  Amalivaca consultó a su hermano Vocci y tras larga reflexión convino con los aborígenes que mayor beneficio traería para ellos poner a prueba su ingenio y habilidades aprovechando los vientos.  Así lo hicieron e inventaron la navegación a vela.



Después de Amalivaca hubo otro Dios, el que trajeron los conquistadores para dar lugar a un sincretismo de la más variada y ricas formas.  De esa forzada comunión de culturas emergió el Dorado, gran Señor de la enigmática Manoa que todavía buscan valientes e ilusos aventureros entre la maraña intrincada de la selva.



Manoa era un lugar legendario de fabulosas riquezas y un lago sagrado donde de iniciaba el Gran Señor de la tribu a través de un rito que implicaba sumergirse en él con la piel cubierta de oro hecho polvo.



Tratando de dar infructuosamente con este lugar se gastaron fortunas y perdieron la vida millares de nativos y europeos.  Otros se hicieron notables y trascendieron por sus obras y hazañas como Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá; Santiago de Belalcazar, conquistador del Ecuador; Antonio de Berrío, fundador de Guayana; los alemanes Ambrosio Alfínger Felipe Hutten y Nicolás Federmann, representantes de los banqueros Welser en Venezuela y el inglés Sir Walter Raleight, caballero de la Reina Isabel.



Uno de los más recientes y modernos aventureros fue el norteamericano Jimmy Angel, que creía ver vestigios del legendario país de los Omaguas en la Meseta del Auyantepuy, sobre la que temerariamente aterrizó su avioneta Flamingo, pero no encontró más que turbulencia batiendo el pajonal de un lugar fangoso, piedras como monumentos labrados por el tiempo y una convergencia de aguas cristalinas que daban lugar a la catarata más asombrosa del mundo.



La ciudad que todavía se busca es imaginada como sitio prodigiosamente rico que relumbra a distancia porque el oro cubre el suelo como arena, auque otra versión habla de un reino fabuloso donde se había refugiado el perseguido hijo menor del inca Hauicanapac con todos sus tesoros.



Jimmy Angel seguramente había leído el Mundo Perdido de Conac Doyle o la obra de Sir Walter Raleigh The Discoverie of the large rich and beautiful empyre of Guyana y detenídose en el pasaje de la Montaña de Cristal a la cual Releigh no pudo llegar, pero que vista de lejos le parecía la torre de una iglesia de gran altura:



Desde arriba, cae un gran río que no toca el costado de la montaña en su caída, porque sale al aire y llega al suelo con el ruido y el clamor que producirían mil campanas gigantes golpeándose unas contra las otras.  Yo creo que no existe en el mundo una cascada tan grande ni tan maravillosa.  Berrío me dijo que en su cumbre hay oro y piedras preciosas que  brillan a la distancia.  Pero lo que ella contiene, yo no se, ni él, ya que ninguno de sus hombres han logrado ascender por el costado dada la hostilidad de los habitantes del lugar y las dificultades que hay en el camino.



Juan Bolívar, piloto de helicóptero, descendiente de una etnia de Camurica, muerto en accidente vial y al que acompañé en ciertas ocasiones, creía y hablaba de esa ciudad perdida y no desaprovechaba vuelo que hiciera por lo confines de Guayana para desde las nubes escudriñar la inmensidad de la selva.



También él, siguiendo la visión de Raleigh, estaba convencido de la existencia de unos extraños personajes, especie de gnomos custodiando los tesoros que moraban en simas como las de Jaua y Sarisariñama.  Tales los Ewaipanomas, hombres sin cabeza, con la cara en el pecho y el cabello en los hombros.  Hablaba de misteriosos ríos de extrañas ondas que dan vida o muerte según la hora en que se beban sus aguas: vivificantes a la media noche y letales antes o después.



El único hispano que según su propia versión caminó por las calles de Manoa fue Juan Martínez, maestro de municiones de don Diego de Ordaz.  A punto de ser fusilado por el expedicionario, Martínez logró escapar  y llegar moribundo a un paraje del Orinoco donde fue rescatado por indios guayanos y llevado  a la ciudad dorada, pero con los ojos vendados. Después de siete meses el cacique le preguntó si deseaba permanecer o regresar y, Martínez, optando por lo último, fue sacado de Manoa con varias camazas repletas del precioso metal.  Indios enemigos del gran Señor de Manoa se las confiscaron, menos dos que pudo salvar y cargar consigo al salir del Orinoco.



Martínez como pudo llegó a Trinidad, de allí pasó a Margarita y finalmente halló quien lo llevara a San Juan de Puerto Rico donde permaneció hasta su muerte aguardando quien le hiciera el favor de retornarlo a España.  Su estada accidental en la enigmática Manoa la narró a los frailes poco antes de su fallecimiento y, según Walter Raleigh, la relación se hallaba en la Cancillería de Puerto Rico, de la que don Antonio de Berrío obtuvo copia que le fue mostrada cuando lo hizo preso en el curso de su primera expedición.



Tras la guerra de Independencia, la búsqueda de El Dorado o la perdida ciudad de Manoa fue perdiendo fuerza con la añagaza del Tesoro de los Frailes, algo supuestamente localizable, concreto y factible.



El Tesoro de los Frailes de las antiguas Misiones del Caroni, habría sido ocultado bajo tierra ante la inminente entrada del ejército patriota comandado por el General Manuel Piar.



En lingotes de oro y onzas españolas se ha dicho que este tesoro estaba enterrado en las inmediaciones del convento y de la iglesia de la Purísima Concepción, de la que ya no queda sino ruinas.  Pero como allí no aparecía, los buscadores continuaron volteando la tierra de las distintas misiones, entre ellas, las más próximas a la región del Yuruari y del Yuruán, en cuyo curso y sobre roca se ve tallada la imagen de un Capuchino señalando cierto derrotero impreciso.  Al final por esa región fue hallado el gran tesoro dorado; pero, no en lingotes y onzas como suponían, sino en cochano y prodigiosas vetas que aún no se agotan.



Se cuenta que Amalivaca, después del diluvio, quiso dejar evidencias de su visita a las tierras del Orinoco y junto con su hermano Vocci y un pintoresco cortejo de toninas hizo un recorrido por los lugares donde los pronunciamientos rocosos monumentales le resultaron ideales para grabar signos sobre la piedra y de esta forma dejar a la posteridad testimonio de su paso por estas tierras.



Los indios al pasar y toparse con estos litoglíficos, se aplican ají en los ojos para no verlos.  De esta manera creen librarse del maleficio que supone el tener que enfrentarse con sus misterios.  En cambio, los criollos asocian estos grabados con referencias respecto a tesoros escondidos, lo que explica las excavaciones localizadas en las inmediaciones de numerosos petroglíficos de Guayana, como en Las Lajitas del Cuchivero y en la Piedra del Sol y de la Luna en Santa Rosalía donde los buscadores de oro abrieron boquetes de varios metros de profundidad.



Amalivaca, el Dorado, el Tesoro de los frailes, tienen muchos de fantasía, pero en el fondo siempre ha habido una verdad que hoy como la fantasía de ayer se nos escapa de las manos y nos hace perder el sentido de la realidad.



Aquellos extraños señores de recia armadura que invadieron el inmenso suelo de Amalivaca y se obnubilaron con sus riquezas, no estaban tan perdidos ni su intuición tan extraviada.  El Dorado existía a flor de arena y en las entrañas de la tierra y, finalmente, lo hallaron quienes todavía lo explotan  en los barrancos y vetas de Tupuquén, Caratal y El Callao.

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