martes, 22 de julio de 2014

EL CALLAO contenido



I. EL PARAÍSO DE AMALIVACA
  1. El Orinoco
  2. El Dorado
  3. El único afortunado
  4. El tesoro de los frailes
  5. Los Petroglifos
II. SAN FELIX DE TUPUQUEN
  1. Caratal
  2. Joaquín Ayres
  3. Pedro Monasterios
  4. Médico  francés en Caratal
  5. Testimonio del Juez de Paz
  6. Francisco Rojas y Michelena
III. LA RUTA DEL ORO 1867
  1. Ciudad Bolívar
  2. Upata
  3. Guasipati
  4. Nueva Providencia
IV. LA CIUDAD DORADA
  1. El Callao
  2. Compañía Minera de El Callao
  3. Correo del Oro
V. TERRITORIO FEDERAL YURUARI
      1. Nueva Erin
      2. Gobernadores
      3. Proyecto Ferroviario
      4. Venancio Pulgar
      5. Carlos Charles Fizgerald

VI. PRINCIPALES COMPAÑÍAS
  1. The New Goldfield
  2. Mocupia
  3. Guayana Mines
  4. Mocca
  5. Venorca
  6. Minerven
  7. Expansión Internacional
  8. Leyes y Códigos mineros
  9. Terrenos auríferos de Guzmán Blanco
  10. Orfebrería
VII. DEPORTE Y RECREACIÓN
  1. El Fútbol
  2. El Hipódromo
  3. El Cine
  4. El Calipso
  5. Cultura culinaria
  6. Artesanía del oro
  7. Cuadro de Miranda
  8. Túneles
  9. Club de Leones
  10. Patrona de los mineros
  11. Museo del Oro
VIII. PERSONAJES
  1. Don Antonio Liccioni
  2. Manuel Emilio Palacios
  3. La Negra Isidora
  4. Kenton Saint Bernard
  5. Leopoldo Billins
  6. Vilia Hinds Thomas
  7. Héctor Thomas
  8. Agustín London
  9. Sebastián Enmanuelli
  10. Jaime Huckson (Barrabás)
  11. Juvenal Herrera
  12. George Griffin
  13. Alirio Rodríguez
  14. La China Mannoni
IX. GREMIOS Y ASOCIACIONES
  1. Sindicato de Obreros del Oro
  2. Sindicato de  Patronos Mineros
  3. Asociación amigos del Calipso
X. CALIPSO Y COMPARSAS
  1. Los veteranos
  2. Los exóticos
  3. Los Vikingos
  4. Renovación
  5. Onda Nueva
  6. Brisas del Yuruari
  7. The same people
  8. Mediopinto
XI. MUNICIPIO AUTÓNOMO
  1. Decreto de creación
  2. Escudo de El Callao
  3. Ejidos de El Callao
  4. Coromoto Lugo, Primer Alcalde
  5. Realizaciones y proyectos
  6. La alternativa del oro.
XII.  REAPERTURA DE LAS MINAS
     1. Minerven empresa del Estado
     2. Presidencia de Franklin Izquierdo

XIII. EDUCACIÓN Y CULTURA
        1.Escuela Granja
         2. Miranda pintado por Michelena

I--EL PARAÍSO DE AMALIVACA



 





El Orinoco
El Dorado
El único afortunado
El tesoro de los frailes
Los Petroglifos


 
  
                                                     

 
 
 
Los primitivos habitantes del Orinoco, al igual que los cristianos, tenían su Dios y toda una concepción de la naturaleza, sólo que su dios no era tan omnipotente, pues solía  requerir de la ayuda de su hermano, hasta que un día de manera sorpresiva llegaron los conquistadores afanados por el oro y lo trastocaron todo.



Amalivaca consultaba a su hermano Vocci y se la llevaban bien.  Tenía Amalivaca dos hijas, a una de las cuales, dice la leyenda, que le inutilizó las piernas para que se quedara echando raíces en la tierra prometida.



Y la tierra que Amalivaca obsequió a los aborígenes nada tenía que envidiarle al Paraíso perdido de Adán y Eva.  Como aquel cantado por Milton, era este de Guayana un paraíso con grandes ríos, cascadas, lagos, remansos, oro, bedelio, ónice, aire purísimo, árboles de todos los frutos, tamaños y colores.



Por ello, Colón, que tanto sabía del Paraíso cristiano, lo embargan estas cavilaciones al navegar frente al estuario donde el Orinoco se reparte en vástagos hacia la aventura del mar.



Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal porque sitio es conforme a la opinión de estos santos e sanos teólogos, y así mismo las señales son muy conformes que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así e vecina con la salada; y de ello ayuda la suavísima temperancia, y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo.



El predestinado Almirante se aproximaba inconscientemente a la verdad mitológica de los aborígenes que creían aquello de veras como el Paraíso.  Un Paraíso donde aún anida el infierno de la Manigua que atrae y devora a los afiebrados buscadores de oro.  Aquel Paraíso tenía su Dios que era Amalivaca, el dios de la esperanza que llega, procrea y luego parte en una curiara hacia el otro lado del mar, dejando en el alma de los moradores el presentimiento del retorno.



            Dice la leyenda que después de largo tiempo regresó Amalivaca cortejado por su hermano Voccí y dos hijas a fin de continuar perfeccionando su obra en aquella tierra paradisíaca.  Entonces fue cuando concibió al Orinoco para facilitar la comunicación entre un lugar y otro de la extensa y prodigiosa geografía de Guayana; pero los aborígenes, no obstante lo contento y maravillado que estaban, propusieron a su dios que la obra fuese más completa en el sentido de que en vez de una corriente de agua descendente creara otra con la misma fuerza a la inversa de suerte que los remadores no se agotaran.  Amalivaca consultó a su hermano Vocci y tras larga reflexión convino con los aborígenes que mayor beneficio traería para ellos poner a prueba su ingenio y habilidades aprovechando los vientos.  Así lo hicieron e inventaron la navegación a vela.



Después de Amalivaca hubo otro Dios, el que trajeron los conquistadores para dar lugar a un sincretismo de la más variada y ricas formas.  De esa forzada comunión de culturas emergió el Dorado, gran Señor de la enigmática Manoa que todavía buscan valientes e ilusos aventureros entre la maraña intrincada de la selva.



Manoa era un lugar legendario de fabulosas riquezas y un lago sagrado donde de iniciaba el Gran Señor de la tribu a través de un rito que implicaba sumergirse en él con la piel cubierta de oro hecho polvo.



Tratando de dar infructuosamente con este lugar se gastaron fortunas y perdieron la vida millares de nativos y europeos.  Otros se hicieron notables y trascendieron por sus obras y hazañas como Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá; Santiago de Belalcazar, conquistador del Ecuador; Antonio de Berrío, fundador de Guayana; los alemanes Ambrosio Alfínger Felipe Hutten y Nicolás Federmann, representantes de los banqueros Welser en Venezuela y el inglés Sir Walter Raleight, caballero de la Reina Isabel.



Uno de los más recientes y modernos aventureros fue el norteamericano Jimmy Angel, que creía ver vestigios del legendario país de los Omaguas en la Meseta del Auyantepuy, sobre la que temerariamente aterrizó su avioneta Flamingo, pero no encontró más que turbulencia batiendo el pajonal de un lugar fangoso, piedras como monumentos labrados por el tiempo y una convergencia de aguas cristalinas que daban lugar a la catarata más asombrosa del mundo.



La ciudad que todavía se busca es imaginada como sitio prodigiosamente rico que relumbra a distancia porque el oro cubre el suelo como arena, auque otra versión habla de un reino fabuloso donde se había refugiado el perseguido hijo menor del inca Hauicanapac con todos sus tesoros.



Jimmy Angel seguramente había leído el Mundo Perdido de Conac Doyle o la obra de Sir Walter Raleigh The Discoverie of the large rich and beautiful empyre of Guyana y detenídose en el pasaje de la Montaña de Cristal a la cual Releigh no pudo llegar, pero que vista de lejos le parecía la torre de una iglesia de gran altura:



Desde arriba, cae un gran río que no toca el costado de la montaña en su caída, porque sale al aire y llega al suelo con el ruido y el clamor que producirían mil campanas gigantes golpeándose unas contra las otras.  Yo creo que no existe en el mundo una cascada tan grande ni tan maravillosa.  Berrío me dijo que en su cumbre hay oro y piedras preciosas que  brillan a la distancia.  Pero lo que ella contiene, yo no se, ni él, ya que ninguno de sus hombres han logrado ascender por el costado dada la hostilidad de los habitantes del lugar y las dificultades que hay en el camino.



Juan Bolívar, piloto de helicóptero, descendiente de una etnia de Camurica, muerto en accidente vial y al que acompañé en ciertas ocasiones, creía y hablaba de esa ciudad perdida y no desaprovechaba vuelo que hiciera por lo confines de Guayana para desde las nubes escudriñar la inmensidad de la selva.



También él, siguiendo la visión de Raleigh, estaba convencido de la existencia de unos extraños personajes, especie de gnomos custodiando los tesoros que moraban en simas como las de Jaua y Sarisariñama.  Tales los Ewaipanomas, hombres sin cabeza, con la cara en el pecho y el cabello en los hombros.  Hablaba de misteriosos ríos de extrañas ondas que dan vida o muerte según la hora en que se beban sus aguas: vivificantes a la media noche y letales antes o después.



El único hispano que según su propia versión caminó por las calles de Manoa fue Juan Martínez, maestro de municiones de don Diego de Ordaz.  A punto de ser fusilado por el expedicionario, Martínez logró escapar  y llegar moribundo a un paraje del Orinoco donde fue rescatado por indios guayanos y llevado  a la ciudad dorada, pero con los ojos vendados. Después de siete meses el cacique le preguntó si deseaba permanecer o regresar y, Martínez, optando por lo último, fue sacado de Manoa con varias camazas repletas del precioso metal.  Indios enemigos del gran Señor de Manoa se las confiscaron, menos dos que pudo salvar y cargar consigo al salir del Orinoco.



Martínez como pudo llegó a Trinidad, de allí pasó a Margarita y finalmente halló quien lo llevara a San Juan de Puerto Rico donde permaneció hasta su muerte aguardando quien le hiciera el favor de retornarlo a España.  Su estada accidental en la enigmática Manoa la narró a los frailes poco antes de su fallecimiento y, según Walter Raleigh, la relación se hallaba en la Cancillería de Puerto Rico, de la que don Antonio de Berrío obtuvo copia que le fue mostrada cuando lo hizo preso en el curso de su primera expedición.



Tras la guerra de Independencia, la búsqueda de El Dorado o la perdida ciudad de Manoa fue perdiendo fuerza con la añagaza del Tesoro de los Frailes, algo supuestamente localizable, concreto y factible.



El Tesoro de los Frailes de las antiguas Misiones del Caroni, habría sido ocultado bajo tierra ante la inminente entrada del ejército patriota comandado por el General Manuel Piar.



En lingotes de oro y onzas españolas se ha dicho que este tesoro estaba enterrado en las inmediaciones del convento y de la iglesia de la Purísima Concepción, de la que ya no queda sino ruinas.  Pero como allí no aparecía, los buscadores continuaron volteando la tierra de las distintas misiones, entre ellas, las más próximas a la región del Yuruari y del Yuruán, en cuyo curso y sobre roca se ve tallada la imagen de un Capuchino señalando cierto derrotero impreciso.  Al final por esa región fue hallado el gran tesoro dorado; pero, no en lingotes y onzas como suponían, sino en cochano y prodigiosas vetas que aún no se agotan.



Se cuenta que Amalivaca, después del diluvio, quiso dejar evidencias de su visita a las tierras del Orinoco y junto con su hermano Vocci y un pintoresco cortejo de toninas hizo un recorrido por los lugares donde los pronunciamientos rocosos monumentales le resultaron ideales para grabar signos sobre la piedra y de esta forma dejar a la posteridad testimonio de su paso por estas tierras.



Los indios al pasar y toparse con estos litoglíficos, se aplican ají en los ojos para no verlos.  De esta manera creen librarse del maleficio que supone el tener que enfrentarse con sus misterios.  En cambio, los criollos asocian estos grabados con referencias respecto a tesoros escondidos, lo que explica las excavaciones localizadas en las inmediaciones de numerosos petroglíficos de Guayana, como en Las Lajitas del Cuchivero y en la Piedra del Sol y de la Luna en Santa Rosalía donde los buscadores de oro abrieron boquetes de varios metros de profundidad.



Amalivaca, el Dorado, el Tesoro de los frailes, tienen muchos de fantasía, pero en el fondo siempre ha habido una verdad que hoy como la fantasía de ayer se nos escapa de las manos y nos hace perder el sentido de la realidad.



Aquellos extraños señores de recia armadura que invadieron el inmenso suelo de Amalivaca y se obnubilaron con sus riquezas, no estaban tan perdidos ni su intuición tan extraviada.  El Dorado existía a flor de arena y en las entrañas de la tierra y, finalmente, lo hallaron quienes todavía lo explotan  en los barrancos y vetas de Tupuquén, Caratal y El Callao.

II--SAN FELIPE DE TUPUQUEN





Caratal
Pedro Joaquín Ayres
Pedro Monasterios
Informe Plassard
Testimonio de un Juez de Paz
Francisco Rojas y Michelena
Moneda y caminos


            La existencia de oro en el Yuruary, la intuyeron los conquistadores, los afanados doradistas, pero jamás pudieron localizarlo, apenas lo vieron relucir en los collares o algunos objetos de las tribus. También la intuyeron los misioneros que vinieron con ellos y después de ellos y quizás fueron los únicos que dieron con su locación, pero éstos fueron reservados y cautelosos en su aprovechamiento.  Existen documentos en los Archivos de Indias de mediados del siglo dieciocho, donde constan muestras no sólo de oro sino de hierro y plata, enviadas por los misioneros a través de sus gobernadores a objeto de interesar a las Cortes Reales en su explotación.
Lucien Morisse, geólogo francés, quien por encargo del Ministro de Instrucción Pública de su país, realizó tres expediciones científicas a Guayana, relata las confesiones heredada de su padre por el Indio Santiago para entonces comisario de Casanare.  Siendo niño,  Santiago acompañaba a su padre, hombre a quien los misioneros confiaban el transporte del oro producido en la Misión  de San Félix de Tupuquen.  Cuando Lucien Morisse cumplía su tercera misión, hacía seis años que Santiago había fallecido a una edad extremadamente avanzada que hasta él mismo ignoraba.  Muy bien conservado, aunque todo arrugado y encogido, recordaba los últimos momentos de la ocupación española.  El padre de Santiago murió 15 o 20 años después de la entrada de los patriotas a Guayana, no sin antes haberle indicado todos los lugares misteriosos donde se explotaba el oro.
            Una hoja impresa en el taller tipográfico de Pedro Cristiano Vicentini el 2 de mayo de 1850, informa de la presencia del mineral dorado en las costas del Yuruari:
            No es una fábula o una ficción de la existencia de una Nueva California en esta provincia.  Las recientes noticias que se han recibido en estos días del cantón de Upata, acaban por fin de confirmar el descubrimiento de una opulenta mina de oro en el Yuruary, cerca del pueblo de Tupuquén. 
            Tupuquén,  situado sobre una meseta que se extiende hasta la orilla occidental del Yuruary, señorease sobre sabanas ricas en pastos con muchos rebaños. A menos de un kilómetro, atravesando el Yuruary está  "la opulenta mina de oro".  Es la mina de Caratal, nombre asociado a la Carata, una palmera de prodigiosa sombra en los techos de las churuatas.  A este Caratal donde el oro brota en grano mezclado con  greda y piedra de los barrancos aluvionales, los mineros o buscadores de fortuna preferían llamarlo Nueva Providencia.  El cognomento ha debido ocurrírsele a Pedro Monasterios, que al parecer fue quien mayor importancia le dio a la mina y difundió la noticia aunque ya antes, en 1842 el brasilero Pedro Joaquín Ayres había hecho exploraciones con resultados satisfactorios en el llamado "Barranco de los Frailes", tenido como el primer venero de oro descubierto en Guayana y el cual marcó la ruta hacia el fabuloso filón de El Callao.
            Pedro Joaquín Ayres, no obstante su nacionalidad brasilera, era para entonces, Gobernador de Río Negro y director de la Reducción de Indígenas.  En ese año de 1842 propuso al Gobierno la voladura de los raudales de Atures y Maipures, a fin de dejar expedita la vía del Orinoco, es decir, navegable todo el río desde Angostura hasta San Fernando de Atabapo, sin necesidad de descargar al llegar a cada uno de aquellos rápidos.  Ayres terminó su gestión en 1845,derrocado y enjuiciado tras un levantamiento armado encabezado por su sucesor  Francisco Pina..
            Pedro Monasterios Soto, quien llamó poderosamente la atención sobre las ricas minas de Caratal, viene siendo el bisabuelo de Rafael Monasterios, pintor venezolano a quien el 24 de noviembre de 1989  la Galería de Arte Nacional y el Museo de Barquisimeto le celebraron los cien años de su natalicio con una exposición selectiva de sus obras .
            Pedro Monasterios,  antes de internarse en la selva del Yuruary, había estado en Angostura como edecán del general José Laurencio Silva y, posiblemente entonces, lo picó el prurito del Dorado, pues tan pronto cesó la campaña libertadora que lo llevó hasta Guayaquil, regresó a Nueva Granada en 1830 donde adquirió conocimientos prácticos de mineralogía.
            Luego se vino a su natal Caracas, pasó a Barquisimeto y finalmente se trasladó a Guayana por la vía de San Fernando de Apure.  Como lo haría casi un siglo después Lucas Fernández Pe¤a hasta fundar y quedarse en Santa Elena de Uairén, Monasterios buscaba oro y lo encontró abundante en Caratal.  Con dos peones que descubrió lo engañaban tragándose las pepitas, logró obtener en sólo un mes más de cincuenta onzas de oro en polvo y granos que parecían lentejas.
            Monasterios exhibió su producción a los vecinos del cantón de Upata desde donde se difundió la noticia a todos los rincones.  Pero no quiso volver porque pasó mucha hambre y los peones lo engañaban.  Regresó a Barquisimeto emocionado por su hazaña, porque más que una aventura resultaba una hazaña entonces internarse en la selva y emocionado también de haber convencido a los guayaneses de la existencia de ricas minas auríferas en el Sur que llevan siglo y medio explotándose y cada vez en cantidades superiores.
            El médico francés Luis Plassard, graduado en la Universidad de Lyon en 1836, prestaba servicios en la Colonia Tovar en 1847 cuando decidió radicarse en Angostura atraído por las posibilidades que le ofrecía la región para satisfacer no sólo su carrera de médico sino otras inquietudes.  Tan pronto llegó se casó con la guayanesa Luisa Benvenuto, pero no tuvo hijos.  Dictó un curso de cirugía y medicina en el Colegio Federal de Varones y se interesó por la cultura de los indios al igual que por los yacimientos auríferos de Caratal que exploró autorizado por el Gobernador José Tomás Machado, para verificar las noticias según las cuales se estaba ante una "Nueva California" que pudiera darle un vuelco a la economía de la región.  Pero al parecer por unas declaraciones del Juez de la parroquia de Tupuquén, Andrés Hernández Morales, el informe de Plassard al Gobierno no daba muchas esperanzas.
            El Juez de Paz de la Parroquia de Tupuquén, Andrés Hernández Morales, quien había levantado un informe para el jefe político del cantón de Upata sobre los descubrimientos auríferos en Caratal o Nueva Providencia, fue desmentido públicamente y ridiculizado por el doctor Luis Plassard, médico que había sido comisionado por la Gobernación para explorar la geología del Yuruary.
            Sin embargo, el Juez de Paz presentó una serie de cartas que daban testimonio de la existencia de oro, como de su profusión y calidad no obstante los m‚todos rudimentarios que se utilizaban para la extracción.  Presentó cartas  de Vicente León, que dijo haber hallado un pedazo de oro que pesaba 46 onzas; de Lino Acuña, quien encontró una barreta de oro de 5 pulgadas de largo y 2 y media de grueso que pesaba 24 onzas; de los Hermanos Silva, quienes obtuvieron granos de oro de 32 onzas; de Francisco Mendoza, quien durante cinco semanas de trabajo extrajo 80 onzas de oro de un barranco; de  Concepción Campos, quien durante el lapso de ocho días de trabajo logró 5 libras de oro; de Manuel Antonio Zumeta, quien desde enero a septiembre  obtuvo 17 y media libras de oro.  Todo este precioso hallazgo aurífero ocurrió en 1857.
            Francisco Rojas y Michelena, comisionado por el Gobierno Nacional para hacer una exploración oficial del Orinoco, Casiquiare, Ríonegro y Amazonas, se hallaba en Ciudad Bolívar en 1857 y recibió instrucciones de levantar un Informe sobre los supuestos ricos yacimientos auríferos de Caratal.
            A bordo de un bongo y a favor de la corriente salió de la ciudad el 16 de septiembre de ese año con destino a Puerto de Tablas para desde allí proseguir por tierra y sobre lomo de mula hasta Caratal.  El trayecto navegable lo cubrió en  15 horas.  Puerto de Tablas, en la embocadura del Caroní, frente a la isla Fajardo, era punto alterno obligado para quienes viajan al interior.  Por este atracadero  se embarcaba el ganado, los frutos y se practicaba el contrabando.  Había una buena posada y San Félix un poco distante del puerto era  prácticamente un pueblo en ruinas a decir de Rojas y Michelena.  Aquí se tomaban en alquiler las mulas al precio de 8 pesos cada una y al paso de dos d¡as hasta el Cantón de Upata y de aquí al precio de dos pesos m s y a paso de tres días hasta Tupuquén.
            Caratal era para el año 1857 unos cuantos ranchos entre los  árboles.  El oro se explotaba en barrancos en el propio lugar y se lavaba en la quebrada descendente del Salto Macupia.  La forma de explotar el oro  bastante rudimentaria.  La batea el instrumento principal y la greda se desmenuzaba con las manos. Era realmente un trabajo heroico y sacrificado.  Sin duda que había mucho oro en el lugar y las evidencias muy tangibles.
            Y así como había oro escondido en las entrañas de la tierra  casi inalcanzable con esa técnica tan primitiva de los años 1850, había en Tupuquén bosques de plantas preciosas y de gran utilidad en farmacia como la quina, la vainilla, la carapa, la copaiba, el copey, la hipecacuana, el cáustico bolombago que suple a la cantárida y la cruceta real.
            La población de Caratal crecía a medida que se difundía la noticia de la riqueza.  Había venezolanos de varias provincias mezclados con antillanos.  Para ese momento se contaban 32 negro trinitarios, tres ingleses, 3 franceses de las Antillas y 6 de Demerara.
            El informe de Michelena y Rojas fue muy favorable.  Daba cuenta de lo cierto de los yacimientos y de sus ventajas para la economía. Sólo observaba como contrario las fiebres terciarias, la falta de autoridad y lo primitivo de la técnica de explotación. Importantemente curioso resultaba para él cómo el río Caroní divide "perfectamente esta parte de Guayana en dos terrenos geológicamente distintos: la parte oriental, aurífera; y la occidental, ferruginosa y notablemente volcánica, en donde encontró, a una cuarta de legua del camino que conduce de Araciama, masas enormes de hierro, ya en estado puro, ya vulcanizadas en formas de lava".
            Tres años después, en 1860, Florentino Grillet, quien había sido Presidente del Estado (1841-1842), fundó  la "Compañía del Yuruary" con un capital de 50 mil pesos para explotar una mina llamada  Cicapara, en la costa del Yuruary que luego se extendió hasta Caratal.  A partir de allí un sinnúmero de empresas se legalizaron para explotar los ricos yacimientos por lo que en 1875 la Asamblea Legislativa se vio impelida a legislar  sobre la materia dictando  un Código Minero, más para estimular la explotación y cobrar el impuesto que para ejercer un control de regulación estricto.
            Para 1857 todavía no existía El Callao como pueblo propiamente sino Tupuquén  o San Félix de Tupuquén  como lo llamaron desde 1770 los misioneros capuchinos establecidos all¡.  El 16 de noviembre de 1860 la Legislatura le cambió el nombre por Nueva Providencia.  Sobre el origen del nombre El Callao hay varias versiones: una según la cual el pueblo perdurable se levantó sobre un terreno  guijarroso o de canto rodado, otra que la asocia con un minero que egoísta y "callao" extraía oro del lugar hasta que lo descubrieron y una tercera que se vincula con El Callao peruano fundado en 1537, asaltado por el pirata Drake en 1578 para apoderarse de sus tesoros y bombardeado en 1866 por la escuadra española, precisamente cuando la región del Yuruary era cañoneada por la usura y los buscadores de fortuna desde todas partes de Venezuela y el extranjero.
El Callao ha predominado hasta nuestros días y la compañía minera más importante del siglo pasado  (6 de febrero de 1878) se llamó Compañía Minera El Callao fundada por la firma Juan Bautista Dalla Costa e hijos y presidida por don Antonio Liccioni bajo cuya presidencia llegó a convertirse en la más rica del mundo.  En 1885 produjo 8 millones 195 mil 500 gramos de oro.  Su actividad se extendió hasta 1897 cuando se declaró en quiebra.
            La Compañía Minera de El Callao llegó a embarcar por los animados  puertos de Ciudad Bolívar hacia el exterior, un promedio de 8 mil onzas de oro mensual, siendo los meses de agosto y diciembre los de mayor auge (11 mil onzas).  En abril y mayo de 1878 debido al atraco al "Correo del Oro" en el que murió su conductor el norteamericano Frank Bush, la exportación cayó asombrosamente a menos de la mitad.
            Para la época no se conocía el Bolívar.  Nuestro signo monetario era el Venezolano y el Franco y la Libra esterlina las divisas extranjeras con la cual se comerciaba el oro.  No se conocía otro tipo de transporte que el fluvial a través de barcos de vela o de vapor y el terrestre utilizando burros, caballos, mulos y carromatos tirados por yuntas de bueyes a través de las trillas de los capuchinos y expedicionarios del oro.
            Las trillas fueron sustituidas por los caminos en tiempos del gobernador Juan Bautista Dalla Costa, gracias a la preocupación de don Pedro Cova, líder político radicado en Upata, benefactor del pueblo y quien hizo fortuna en las minas de Nueva Providencia.  Upata, capital del Departamento territorial que iba desde Puerto de Tablas hasta Nueva Providencia, era la madre de las trillas que don Pedro Cova quería suplantar por verdaderos caminos, pues de ellos iba a depender en mucho el progreso socioeconómico de la región.  De manera que aprovechó la llegada de un hombre civilista y progresista como Juan Bautista Dalla Costa a la presidencia del Estado y le planteó la necesidad de emprender cuanto antes la construcción de caminos.  El Gobierno es receptivo y con su venia. Cova establece una compañía, en sociedad con Tomás Gutiérrez y Sandalio Alcalá, que traza y construye los primeros caminos desde San Félix a Nueva Providencia.  Luego soñarán  con un camino de hierro para ferrocarril del cual hubo innumerables y nunca ejecutados proyectos.   






III--LA RUTA DEL ORO 1867


Ciudad Bolívar
Puerto de Tablas
Upata
Guasipati
Nueva Providencia
            La ruta para llegar hasta la región del oro empezaba en Ciudad Bolívar, capital y centro urbano por excelencia y concluía en Nueva Providencia pasando previamente por Puerto de Tablas, Upata y Guasipati.  Cómo era esa ruta, los  lugares hitos en el trayecto, su gente, el comercio, costumbres y la misma miseria del oro, lo describe  Carl Geldner, un  alemán que tratando de encontrar en Venezuela nuevos horizontes para su vida, estuvo en  Ciudad Bolívar, Puerto de Tablas, Upata, Guasipati y Nueva Provincia.

            Tenía Carl Geldner 24 años de edad cuando arribó a Venezuela a fines de  enero de 1865 con ganas de estar, de disfrutar la tierra nueva y hacer algo productivo. Arribó con buen pie, pues no tardó en conseguir trabajo en  una casa mercantil del puerto de La Guaira, pero en 1857 ésta quebró y el joven  tendió la mira hacia Guayana de donde venían noticias sobre importantes hallazgos del metal dorado. Invitó a su hermano Max que se hallaba en Estados Unidos y juntos emprendieron la aventura más cara y difícil  de su vida y de la cuál dejaron un testimonio que bien puede servir hoy para tener una visión de la realidad de Guayana 130 años atrás.

            La Guayana del Dorado, la Guayana del Oro, seguía viva en la memoria del europeo deseoso de hacer fortuna como Carl y Max  picados por ese  prurito que en  enero de 1865 los abordo en las soleadas playas de la Guaira, donde echaron las bases económicas de su aventura que por escaso margen no le costó a ambos la vida tras padecer un vía crucis de enfermedades.

            Su primer contratiempo ocurrió en la puerta de entrada en la Guayana venezolana cuando el barco a bordo del cual viajaban, encalló cerca del caño Macareo y allí permaneció días a pesar del esfuerzo de la tripulación y los pasajeros por desplazarlos con todas clases de maniobras hacia el canal principal del Orinoco.  Al fin, subió la marea y lo lograron, apaciguando el esfuerzo con la emoción del paisaje y la vista pintoresca de pueblos como Barrancas, Guayana la Vieja, Puerto de Tablas y finalmente Angostura, ciudad de escala obligatoria, pues la meta de los forasteros consistía en poder llegar a una ciudad de mucho oro que ostentaba el nombre de Nueva Providencia.

             Guayana la vieja, vigilada por dos castillos, era un caserío prácticamente abandonado y deprimido, pagando las consecuencias del pasado hostigamiento. Puerto de Tablas, sobre una colina pelada, donde parte del pasaje debió transbordarse, eran unas treinta casas de barro, techadas con hojas de palmeras, formando dos callejuelas. Este miserable poblado, nada menos que la puerta del famoso Dorado, deprimió seriamente a los viajeros, más cuando llegaron malas noticias del estado de las minas y cómo los mineros la estaban abandonando a causa de la fiebre.

          Los tropiezos no se quedaron allí sino que a escasas millas de Ciudad Bolívar, la máquina de vapor, propulsoras del barco, comenzó a fallar por falta del carbón. Hubo entonces que tirar el ancla y pernoctar en medio del río hasta el día siguiente que pudieron arrimarse a la orilla para ir en busca de leña.  Logrado de este modo el combustible, reanudaron la navegación hasta ver brillar bajo el sol ardiente la antigua Angostura, la cual le llamó la atención por su atractiva situación sobre una colina rocosa que gana altura suavemente desde la planicie como por sus bonitas casas, dotadas de terrazas.

Narra  Carl Geldner en su libro bilingüe  (alemán – español) Anotaciones de un  viaje por Venezuela, editado por la Asociación  Cultural Humboldt, con prólogo de Miguel Angel Burelli Rivas, que Ciudad Bolívar, para entonces carecía de hoteles. Tan sólo una casa de alojamiento regentada por un alemán de nombre August, pero estaba completamente ocupada por lo que tubo que valerse de una carta de recomendación para  los señores  Blohm, Krohn & Cia  donde había  trabajado en  La Guaira.  El Gerente del negocio  los recibió  amablemente y le brindo alojamiento confortable.

En Angostura imperaba las costumbre de que los empleados de un comercio vivían en la casas de sus superior y también eran alimentados por él, estableciéndose  de esta manera una relación más estrecha  con el negocio y la familia.

El mismo día Carl pudo observar el colorido movimiento en la orilla del Orinoco. Las lavanderas hablando  y riendo, parada en el agua hasta las pantorrillas  y paleando la ropa contra las rocas para sacarle el sucio. Balandras,  lanchas y grandes botes de 40 a 50 tonelada  cubriendo las rutas  Apure y Barinas transportando algodón, café, cacao, ron, papelón, pieles de ciervos y tabaco  así como la ruta del Alto Orinoco con productos como bálsamos de copaiba, aceite de carapa habas de Tonka, chinchorro, totumas, cestas y casabe.

El alemán queda impresionado de los indios que llegan  a la orilla del río  a canjear sus productos por herramientas agrícolas, fusiles , pólvora y plomo.  Los llama camarada silenciosos,  dotados de un gran impulso nómadas, gente que nunca abandona sus severidad estoica y jamás brinda una sonrisa,  menos una risa . Observa  también su nivel   de inteligencia  que considera superior  al hombre de la raza negra y con una  gran capacidad de adaptación al mundo civilizado.

Los deslumbran las galerías porticadas del paseo Orinoco, sus columnas, balcones y celosías, donde transcurre la gran actividad comercial y una comunidad muy abigarrada de damas de mucho colorido vendiendo frutas, arepas, tortillas de coco y otras especialidades muy apetecidas por los trabajadores del río. Al fin llega el día de partir hacia las minas. Carl y  Max embarcan en un vapor, con cuatro burros comprados en Soledad, cargados de herramientas y alimentos. Navegan sobre cubierta junto con otros representantes del reino animal, entre cajas, barriles ,sillas de carga y en medio de ese abigarramiento de seres y de cosas fondean en Puerto de Tablas ya avanzada la noche.  El desembarque fue sumamente angustioso. Los marineros tenían que echarse los pasajeros al hombro en una noche oscura sin iluminación, sin nada parecido a una lámpara y bajo amenaza de lluvia, con el equipaje arrojado en la orilla en un desorden indescriptible. A bordo venían otros once burros de un grupo de franceses, españoles y generales para un total de quince y todos fueron empujados al agua desde la borda para que instintivamente llegaran a la orilla al encuentre de sus amos. Carl y Max no podían identificar, para asegurarlos, aquellos rucios llegados en tropel. Les era sumamente difícil en una noche tan oscura como aquella. Al fin, por descarte, lograron a duras penas  frenar el descarrío de los orejas largas, pero cincharlos, asegurarles las sillas y cargarlos fue toda una empresa  desesperante, más porque los asnos no estaban domesticados y luego porque sus dueños carecían de experiencia. Al final tuvieron que pagar a dos sonrientes y pícaros observadores para que los sacaran del apuro y poder vencer las 50 leguas que distancian a Puerto de Tablas de Nueva Providencia por una vía que más que camino era como una trocha, pues para entonces en Guayana no había caminos y nada se hacía para construirlos, menos se conocían puentes y las quebradas, ríos y riachuelos se vadeaban con el agua a la cintura o embarcados en curiaras.

                Carl en su libro de gran formato, 364 páginas (50 mil bolívares) dice que después de haber caminado largo rato desde que partieron, esperaban ver en cualquier momento al pueblo de San Félix, el cual figuraba en sus mapas de viajeros, pero éste no se veía por ninguna parte. Mas tarde supieron que esa población había sido destruida por completo durante la guerra de independencia y jamás fue reconstruida.

El viaje resultaba para ellos sumamente penoso, posiblemente más para los españoles de la caravana, uno tuerto con faja negra sobre el ojo ciego y a la cintura un sable largo de la época de la conquista, y con una parta de palo en el otro, cojeando a su lado con sus pertenencias envueltas en un pañuelo que colgaba de su diestra.  El oro es un señuelo tan poderoso que no detiene ni a los inválidos. Al fin de tanto andar a la velocidad de un caracol, llegaron a dormir en una choza plagada de murciélagos que terminaron malogrando a unos de sus animales de carga.

Después de pernoctar y con un burro menos, continuaron el viaje por el bosque umbroso y agradables alternado con inmensas sábanas de pasto y alimentándose a fuerza de arroz, jamón y café como postre, bajo la molestia constante de los mosquitos, zancudos y tábanos, descansando tras jornadas de dos y cinco horas en chozas solitarias. O en algún paraje o escenario  boscoso dominado por helechos y bambúes, plantas trepadoras y árboles asombrosos como la copaiba, el sasafrán y la carapa de cuyas semillas los nativos extraían un aceite para detener la caída y hacer crecer el cabello.

Al fin llegaron a Upata, a la que encontraron simpática, placentera y con un clima agradable y saludable. Ciudad de pequeñas casas, consistentes y sólo con un piso bajo, techo de tejas y palmas por todas partes que le daban un aspecto atractivo aunque todas las calles las veían desiertas, animadas sólo por algunas reatas con destino a las minas. Al Libertador, con estatua en la plaza mayor, lo llamaban  el Washington venezolano.

En Upata permanecieron dos días, al cabo de los cuales reanudaron su viaje a Caratal o Nueva Providencia. Hora y media después estaban en Laguna Larga, un hato de 12 millas cuadradas del Señor Lezama, a quien compararon con un patriarca del Nuevo Testamento, pues tenía la estampa de un viejo venerable, padre de quince hijos vigorosos y ocho hijas, las cuales sólo estaban tres que sobresalían por su belleza. “Negros ojos fulgurantes, suave pelo negro con rizos que en abundancia caían sobre sus maravillosas nucas, graciosas, elegantes movimientos y cuerpos perfectos”.  Una de sus hijas se casó con el alemán Carlos Gruber, dueño para entonces del Pilar

Uno de los hatos más importantes de Guayana.

El primero de agosto (1867) reanudaron la marcha, acompañados de un perro que a modo de souvenir les regaló uno de los Lezama.  Le pusieron el nombre de Hans e iba siempre al lado del único burro porque los otros tres se habían quedado en el camino.

            Para aligerar el paso, las botas las sustituyeron por las criollas alpargatas que de todas maneras resultaban incómodas para atravesar pantanos, ríos y quebradas.  La temperatura solar la soportaban con la ayuda de sombreros de jipijapa y en las horas de descanso el café los estimulaba. El único alimento fresco venía de los loros verdes que cazaban con una escopeta de pólvora y perdigones.

Tras dos días de camino llegaron a Guasipati, un pueblo algo más pequeño que Upata, pero que demostraba más vida y prosperidad debido a la proximidad  de las minas. Como todas las viejas misiones, era de construcción cuadrangular, con una larga plaza y en una esquina la iglesia al lado de un monasterio. Casas aisladas con techos voladizos habitadas por negros y mestizos. Los mineros atacados por la fiebre venían a Guasipati en procura de cura, pero dilapidaban su dinero en las mesas de juego.

Observan a la iglesia como la construcción más interesante, construida enteramente con  rolas de madera, sin un solo clavo. A falta de órgano, la música sacra se ejecutaba por medio de dos flautas, guitarra y una vieja gaita, no había ninguna clase de asiento por lo que los fieles atendían de pies los oficio religiosos.  No les gustó el ambiente de Guasipati pues estaba muy penetrado de jugadores y otros males . La abandonaron y se fueron al encuentro de la ciudad Dorada

La Ciudad  Dorada era Nueva  Providencia y su mina por excelencia El Callao, un terreno de cantos rodados sobre el cual se alzaban sin orden ni concierto unas chozas miserables con una población de mil almas, en su mayoría negros trinitarios mezclados con españoles, franceses procedentes de Cayetana, culíes y algunos alemanes.  Más allá estaba Caratal, conformado por unas cien casas techadas con palma de carata donde se hallaba centrado el comercio.    Había orden en las construcciones y las calles estaban empedradas con cuarzo.  Los  mineros habían descubierto  que en el suelo había oro y querían voltear  el poblado, pero las autoridades se opusieron enérgicamente.

Nuestra Señora de las Nieves era la patrona de  Caratal, realidad inexplicable para los forasteros que sólo  experimentaban el encendido calor tropical,  rotundo aguacero y un infierno de tábanos y mosquitos.  El cura cobraba 50 pesos por cada funeral y eso ocurrió cuando murió de hidropesía el comerciante y ganadero Zenón Fajardo, amigo de los hermanos Teodoro y Eduardo Meinhard, propietarios de una tienda y quienes lo acogieron con amistad y benevolencia.  Parte de la herencia de Zenón, se dilapidó en una salvaje borrachera, baile y comilona de sus presuntos amigos que pasaron la noche en el velorìo, no así a la hora del sepelio donde no había más de cuatro personas.

            En Santa Clara los hermanos Carl y Max acusaron y comenzaron a explotar un barranco al tiempo que ayudaban a los Meinhard en el negocio de víveres y mercancía seca; pero aquel barranco resultó un fiasco por lo que pronto lo abandonaron, sobremanera por los gastos que implicaba mantenerlo y por los males que hicieron presa de su salud; níguas , disentería, sabañones, dolores reumáticos y fiebre intermitente que trataban  de aplacar con jugo de naranjas agrias, ipecacuana y esencias de cuaca (planta trepadora).  Y no solamente eran ellos los enfermos sino casi toda la población hasta el punto de que Caratal parecìa un hospital.  Fueron numerosos los que murieron y los cadáveres los cosían en sus propias hamacas y así los sepultaban. .

            Todos los planes y proyectos de los hermanos Carl y Max  se derrumbaron al ser dominados por el ambiente hostil,  de suerte que decidieron regresar.  Primero lo hizo Max el 4 de septiembre y luego Carl, tras escapar de un conato de incendio que amenazó con destruir la tienda de los Meinhard.  Los dos se manifestaron agradecidos por haber podido escapar  más o menos  intactos.  A muchos de los que llegaron junto con ellos  y tras ellos,  atraídos por el brillo dorado,  las minas le depararon la ruina y quienes tuvieron éxito,  muy pocos por cierto,  fue a costa de su salud.

            De la visita de estos dos forasteros a punto,  como tantos miles,  de ser devorados por la selva y mortalmente cegados por el brillo del oro,  sólo quedó el testimonio  escrito y gráfico de su paso por estas tierras cuya historia por retazos va siendo rescatada de los  abismos de la memoria.

IV--LA CIUDAD DORADA


El Callao

Compañía Minera de El Callao

El Correo del Oro

Los Túneles

EL CALLAO, como pueblo, data de 1864 y se halla enclavado en las antiguas tierras de la Misión de San Félix de Tupuquén, la cual empezó a fundarse en 1770, destacando entre sus fundadores, Fray Leopoldo de Barna, quien para 1799 dio a conocer una población de 567 habitantes, predominantemente indígenas.
         Dentro del territorio misional discurría la quebrada de Caratal, donde los indios encontraban a flor de tierra, pepitas de oro que entregaban a los misioneros.  Pero la existencia de oro rodado o aluvional de esa quebrada providencial de Caratal no transcendió fuera de aquellos contornos, sino cuarenta años después cuando por la zona estuvo explorando el brasilero Pedro Joaquín Ayres y luego en 1850, el barquisimetano Pedro Monasterio Soto, quien antes había estado en Guayana acompañando como edecán al general José Laurencio Silva  cuando vino a  apaciguar a los angostureños tras el atentado que arrebató la vida al general Tomás de Heres.
         Caratal para 1857 era unos cuantos ranchos entre los árboles, habitados por mineros que iban a lavar la tierra aluvional de los barrancos al Salto Macupia.  Para entonces sólo explotaban el oro de Caratal 32 negros trinitarios, tres ingleses, 3 franceses de las Antillas y 6 de Demerara, mezclados con venezolanos de varias provincias.
         Es a partir de 1860 cuando a las autoridades y empresarios de Angostura se les prende el bombillo y comienzan a tener interés por el suceso dorado de Caratal de la Misión de Tupuquén.  Florentino Grillet, quien a la sazón era Presidente del Estado Bolívar (también lo había sido entre 1841 y 1842), envió una avanzada de exploradores a la Misiones de Tupuquén y la Divina Pastora y ésta encontró oro en Cicapra, lo cual le dio base para organizar la explotación bajo la firma de Compañía del Yuruari, con capital de 50 mil pesos.  Quedaron abiertos así dos frentes:  el de Cicapra y el de Caratal que siguiendo las costas del Yuruari dieron lugar a numerosas empresas que fueron a converger en las grandes vetas de Nueva Providencia, entre ellas, Caratal, Potosí, Chile, Eureka, Chocó y el famoso filón de El Callao que dio origen y cuerpo permanente a lo que es hoy el municipio El Callao.
         De manera que para 1864, el pueblo de El Callao no existía como tal sino un filón de oro denominado así y otras minas alrededor de las cuales se conformó el pueblo de Nueva Providencia con sede en Caratal.  El Callao, en todo caso, aparecía como un multiplicado campamento de ranchos o viviendas improvisadas.
         Nueva Providencia para 1864, en cambio, figuraba como un distrito, al igual que Pastora, Tupuquén, Tumeremo, Miamo y Guasipati, dentro de la jurisdicción del Departamento Upata del Estado Soberano de Guayana.  El nombre El Callao no figuraba en la Ley de división político territorial del Estado; sin embargo, a lo largo de los años se impondrá por la misma fuerza socio – económica de la mina.
         El 26 de abril de 1869, Juan Bautista Dalla – Costa (hijo), Presidente del Estado Soberano de Guayana, dotó de ejidos al Distrito Nueva Providencia, apoyado en una Ley del Congreso de la República del 28 de marzo de 1853.  Entonces le concedió cuatro leguas cuadradas de ejidos, tomando como centro las “Cuatro Esquinas” del pueblo de Nueva Providencia o Caratal.
         Al cabo de seis años de explotación sostenida del filón a través de barrancos, El Callao tomó forma de caserío y fue entonces (1870) cuando comerciantes bolivarenses que sostenían con préstamos, útiles y víveres la explotación, deciden organizarse para comprar los barrancos y explotarlos a través de una gran empresa aurífera.  Surge entonces la Compañía Minera de El Callao.
La Compañía Minera de El Callao surgió inicialmente formada por 32 accionistas, los cuales aportaron un capital de 120.000,00 bolívares que fue aumentando en años posteriores por necesidad de la mecanización de la explotación y consolidación de las concesiones, las cuales llegaron a sumar 3.253 hectáreas.  La explotación aurífera en forma organizada y en gran escala llevó a la Asamblea Legislativa a legislar sobre la materia dictando en 1875 un Código Minero, tanto para estimular la explotación como para que el Estado recibiera por ello un beneficio impositivo.
         A tres años de este primer Código Minero (6 de febrero de 1878) se reconstituye y legaliza con nuevo capital, la Compañía Minera de El Callao, bajo la presidencia del corso don Antonio Liccioni.  Durante su administración las minas de El Callao alcanzan una producción asombrosa que las colocan como las más ricas del mundo llegando al tope de 8 mil 200 kilogramos en 1885.
         La abundante producción aurífera hizo posible un conglomerado poblacional muy heterogéneo y atrajo a buscadores de fortuna de todas partes, entre ellos, ingleses, franceses, norteamericanos y canadienses que invirtieron en empresas cuya vida marcaban la importancia y cuantía de las vetas que explotaban.  Unas corrían con mejor suerte que otras.  Se dependía mucho de vestigios y azares toda vez que no se trabajaba sobre reservas técnicamente cuantificadas y cualificadas.  Por esa circunstancia colapsó en 1897 la Compañía Minera El Callao, la cual llegó a embarcar por los puertos de Ciudad Bolívar un promedio mensual de 8 mil onzas de oro.  Los meses de agosto y diciembre resultaban generalmente los de mayor auge (11 mil onzas).  En 1886 comenzó a bajar la producción de manera progresiva hasta 1897 cuando la Compañía se declaró en quiebra. 
Para la época no se conocía el Bolívar.  Nuestro signo monetario era el Venezolano, y el Franco y la Libra esterlina las divisas extranjeras con las cuales se comerciaba el oro.  No se conocía otro tipo de transporte que el fluvial a través de barcos de vela o de vapor y el terrestre utilizando burros, caballos, mulos y carromatos tirados por yuntas de bueyes, de manera que la producción aurífera proveniente del filón de El Callao y de otras minas satélites, la transportaba a Ciudad Bolívar dispuestas en barras en el llamado Correo del Oro a lomo de mulas.
         Guayana, región para entonces con un índice delictivo muy bajo, ofrecía margen de seguridad confiable para que los caudales de las empresas explotadoras de las minas de oro, se desplazaran de El Callao a Ciudad Bolívar sin los temores y las medidas extremas que se toman en la actualidad cuando el delito crece sin freno ni medida.
         El encargado de tal operación era un norteamericano de nombre Frank Busch, de 45 años, hombre espigado, sanote, de complexión fuerte, que utilizaba en su diligencia cuatro mulas y dos peones.  El Correo salía puntualmente el día 20 de cada mes de El Callao a Ciudad Bolívar.  El retorno se cumplía el día 6 del mes siguiente con el dinero acuñado para el pago de los obreros y trabajadores de las minas.  Eran tan malos los caminos y tan lento el medio de transporte que tardaba dieciséis días.
         El extranjero del “Correo del Oro”, siempre había sido puntual en su jornada y exacto en la cuenta de sus operaciones hasta el 6 de abril de 1878 cuando de regreso con el dinero acuñado, en horas del alba y tras haber pernoctado en una posada de Carichapo, fue emboscado, muerto por la espalda y despojado de las mulas con  su preciosa carga.
         Hombres armados, disparados sobre caballos, sacaron sus lanzas contra Bush que pasitrote cabalgaba sobre su mula tarareando una vieja melodía del Oeste.  El tropel de los caballos y el brillo emenazante de las lanzas pusieron en fuga a los dos peones del Correo mientras Bush aflojaba las riendas de su cabalgadura y caía mortalmente herido sobre el camino de Rancho de Tejas.   Allí, sangrante y con los ojos abismados, quedó por largas horas el forastero, mientras que sus asesinos se perdían entre la maraña de la montaña por los senderos de La Pastora.
         Isidro Fernández, uno de los hombres ricos del Yuruary era el Prefecto del Departamento Roscio y no quiso proceder a tomar medidas policiales en el caso sin antes ponerse de acuerdo con el Presidente de la Compañía Minera afectada, don Antonio Liccioni, quien decidió asumir la responsabilidad de rescatar el dinero robado, capturar los ladrones y entregarlos a los jueces naturales.
         Al efecto, designó una Comisión de personas residentes en El Callao que por sus títulos y condiciones las creyó capaces de esclarecer el asalto y capturar a los ladrones.  Fueron ellas:  el General Pedro Antonio Díaz, caraqueño; General Manuel de Jesús Contreras, guariqueño; General Cecilio Briceño, barinés; General Celestino Peraza, guariqueño; General Juan Pío Rebolledo; Leoncio Peña, Guillermo Odremán y Juan Crisóstomo Fernández.
         La Comisión auxiliada por vaquianos y los mismos peones de mister Bush, siguieron los rastros de los asaltantes hasta el caserío de La Pastora, a la margen izquierda del Yuruari, y allí logró las pistas que la condujo hasta los cómplices y autores del  crimen.
La comisión, por confesión de Marcos López, atemorizado por la forma como había caído muerto su amigo y compañero Alejos Farreras, cómplice del hecho, indició y capturó como responsables a Miguel Rodríguez (35 años, natural de Cachipo, vaquiano de caminos); Francisco Millán (40 años, de Cachipo, conductor de fletes entre San Félix y El Callao); Calixto Puertas (mulato, agricultor, natural de Aragua de Barcelona) y como autor intelectual responsabilizó al hacendado Gaspar Hernández, una de las personas acomodadas de Guasipati y quien hasta entonces se tenía como digno señor de la comunidad.
El dinero consistente en cincuenta mil pesos contenidos en cuatro bolsones de suela con abrazaderas de cobre y una caja con cinco mil pesos en monedas de plata, fue recuperado junto con las cuatro mulas que amarradas llevaban nueve días de hambre y sed en Potrerito, muy cerca de la Pastora.
         Ninguno de los implicados en el asalto fue juzgado por tribunales ordinarios competentes y murieron aparentemente en situación de fuga.  El hacendado Gaspar Hernández, dueño de una de las mejores casas de Guasipati, estuvo largo tiempo escondido en un cuarto de doble paredes en su hato.  Posteriormente, con la ayuda del novio de una de sus hijas que terminó en el suicidio, se exilió en Trinidad, de donde fue deportado y puesto a la orden de los Tribunales de Ciudad Bolívar, pero al poco tiempo se aprovechó de una escaramuza antigubernamental y volvió a ser prófugo y siendo prófugo por los caminos de la selva, encontró la muerte.
         Los miembros de la Comisión que identificó, capturó y virtualmente ajustició a  los culpables, fueron premiados con el empleo de Frank Bush por la Junta Directiva de la Compañía Minera de El Callao.
         Celestino Peraza, intelectual, político, militar, marino y minero, como ya lo observamos, formó parte de la Comisión que participó en el esclarecimiento del asalto al Correo del Oro, y ello animó a escribir Los Piratas de la sabana prologado por Pedro Sotillo y publicado por sus herederos después de su muerte ocurrida en Villa de Cura el 30 de noviembre de 1930, invalidado por la ceguera.
         Celestino Peraza, nacido en Chaguáramos en 1850, murió a  la edad de ochenta años y en este libro de varias ediciones, donde figura con el nombre de R. A. Peza, ofrece estos pasajes sobre el asalto al Correo del Oro.
         “Antes del amanecer estaban ya sobre sus caballos, listos para maniobrar.  Puerta y Millán, con sus lanzas enastadas; Miguel Rodríguez, con su sable ceñido a la cintura y don Gaspar armado de revólver; todos enmascarados con pañuelos de Madrás, agujereados en la parte que estaba en contacto con los ojos.
            Millán y Puerta iban de frente, apareados, y les seguía Miguel Rodríguez.
            Cuando apenas faltaban veinte metros para salir del bosque les hizo Bush un segundo disparo, pero instantes después le alcanzó Puerta con su lanza, la cual, por haberse enredado por el asta en las charnelas del caballo de Millán, desvió el certero golpe, penetrando sólo cuatro pulgadas en la cadera de Bush.
            Mas Millán estaba allí y completó en un instante la obra comenzada, sacando a Bush de la silla con lanzazo que le atravesó las entrañas.
            Cayó Bush precisamente al salir de la montaña, salida que es allí abrupta, casi violenta; y sus peones, que en efecto habían detenido su marcha en una altura próxima, al oír las detonaciones, cuando le vieron caer y divisaron aquellos enmascarados armados de lanzas, corrieron desolados a otro montecillo próximo, dando alaridos espantosos y dejando en poder de los asesinos mulas y dinero”.
         El asalto al Correo del Oro se repitió 39 años después cuando Tomás Antonio Bello y Feliciano Muñoz transportaban varias barras para las Casas Blohm y Casalta.  El asalto lo perpetró individualmente Osmundo Pastor Ortega, quien dio muerte a Bello y a Muñoz con un rifle Winchester, enterró el oro al pie de un árbol y después emprendió la fuga cruzando a nado el río Caura.  Fue apresado por una comisión y sentenciado a veinte años de prisión que sufrió en Puerto Cabello.  Pero aprovechó la coyuntura de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez para no cumplir la totalidad de la condena.  En 1975 falleció en Caracas dejando una libreta de apuntes en manos de un periodista en la que se pinta como un personaje que más que victimario fue víctima de la mala justicia.
         En 1917 fue urdido otro plan para asaltar al Correo del Oro, conducido entonces por José María Rizo hijo, peor la Jefatura Civil de San Félix lo debeló y capturó a todos los comprometidos.
         El plan preveía incluso someter a las autoridades civiles de San Félix y Barrancas.  Pero la policía alertada detuvo a Jesús María Molina, cabecilla de la banda; Luis Vallés, Miguel Cotúa y Francisco Miquilena cuando se disponían a zarpar desde las bocas de San Rafael de Barrancas.
         Otro robo bien sonado antes de la mitad del presente siglo, específicamente el diez de mayo de 1943, fue el perpetrado por dos miembros de la propia escolta, a la remesa de 40.094,05 pesos que la Aduana de Ciudad Bolívar giraba al Tesoro General de la República, vía Barcelona, utilizando diez bestias de carga alquiladas al Presbítero Pedro Ayala, en Soledad.
         El Teniente de caballería Pedro González, segundo comandante de la guardia Nacional de Policía de la provincia y el sargento Pedro Mariches, de la guarnición, con una escolta de seis cazadores del Resguardo de la Aduana, formaban la escolta de los caudales.
         En el pueblo de Chamariapa, donde hicieron alto tres días, conspiraron el Teniente y el Sargento, robándose parte de los caudales que custodiaban.  Denunciados el 19 ante el Juez de Paz de la parroquia, fueron perseguidos y tras un encuentro  fue muerto el Comandante González, se aprehendió al sargento Mariches y se recuperó el dinero robado.
Reportaje de Américo Fernández publicado en el Nacional el 26 de enero de 1968

50 TÚNELES PASA POR EL PUEBLO

Unos cincuenta túneles o ga­lerías abiertas durante años a fuerza de ploga, barra y dina­mita, pasan sin cruzarse por debajo de este pueblo minero de El Callao.
Algunas galerías subterráneas bastante profundas comunican a un poblado con otro y tienen longitudes superiores a 5 Kms. como es el caso del túnel que co­munica a El Callao con El Perú.
Pero las 4 mil almas que vi­ven en este valle circundado de colinas preñadas de vegetación y al lado de un rio —El Yurua­ri---, atravesado por un largo y angosto puente de hierro, no le temen o sienten aprensión por estos largos vacíos subterráneos.
Las galerías se sostienen con pilares hechos de la misma roca subterránea y pocos durmientes porque el subsuelo es suficien­temente consistente, según nos dijo José Enrique Rojas, un minero de 39 años nacido en este pueblo.
Las profundas y largas gale­rías han causado hundimientos de la superficie en algunas zo­nas de El Callao y también algu­nas casas se han desplomado y otras presentan resquebraja­mientos.
En la zona de Colombia se construye ahora un pozo circu­lar de 4 metros de diámetro y unos 500 metros de profundidad a través del cual se piensa abrir siete galerías más para seguir las ricas vetas auríferas cubi­cadas en 3 millones de tonela­das y ubicadas en una extensión de 50 hectáreas, en Caratal, al Sur de El Callao, según nos co­mentó en el curso de una con­versación el geólogo José Gon­zález Conde, funcionario del Mi­nisterio de Minas.
El primer nivel del pozo comenzará a los 1750 metros de pro­fundidad y unirá a las minas de Mocúpia con las de Sosa Mea- • des. Las otras galerías distanciarán en profundidad 50 metros una de otra.
En tiempo de fuertes invierno y desbordamiento del Yuruari algunas galerías se han inunda­do en forma peligrosa. Se re­cuerda que la News Goldsfield of Venezuela que contaba con un  personal de mil empleados y obreros, llegó a paralizar sus ac­tividades por inundación de una de sus minas.
El porqué de las estructuras livianas de las casas de El Ca­llao tiene su explicación en este submundo de cavernas. tenebrosas, con poco oxigeno y mucho  polvillo causante de la silicosis del mi­nero.
Con buen aguardiente y música al compás del bumg bag los negros de El Callao suelen olvidar la dureza y penalidades de las cavernas. Para ellos no será una experiencia nueva abrir siete galerías más. Están dispues­tos y ya comienzan a aunar esta actividad con la producción au­rífera tan maltrecha en los úl­timos años.
Los dos viejos molinos utiliza­dos para el aislamiento y ob­tención del oro, fueron reparados por el Ministerio de Minas Y. en­traron ayer a tratar bajo el pro­ceso de trituración y cianura­ción 600 toneladas diarias de mi­neral para un promedio estima­do entre 4 y 5 kilogramos de oro.
Los molinos trabajan por cuen­ta del Sindicato de Patronos Mi­neros que cuenta con 45 supli­dores y da empleo a unos 200 obreros.
Debido a su desgaste los mo­linos sólo podrán rendir la mi­tad de su capacidad original y este ritmo piensan mantenerlo hasta 1973 cuando se prevé entrará la empresa Minerven a explotar las reservas de 3 millo­nes de toneladas auríferas cu­bicadas por el Ministerio.
Desde la disolución de la em­presa MOCCA, el Sindicato de Patronos Mineros venía produ­ciendo al año unos 600 kilogramos de oro que no alcanzan para abastecer siquiera el 10 por ciento de la demanda  nacional que es de unas 8 toneladas métricas al año.
Con el remiendo y puesta marcha de los dos molinos creen en el pueblo que se le podrá proporcionar trabajo s unos cien obreros más y normalizar la producción que últimamente acusaba un descenso de más de 15 por ciento.
La creencia general aquí es  que cada una de las colinas que circundan al pueblo está preñada de oro y que a El Callao quedan todavía muchos años vida minera. La explotación se inició en Caratal y Tupuquen 1829, época en la que dos o tres hombres, en sólo una samana sacaban hasta 80 onzas de oro.  Desde entonces, numerosas empresas nacionales y extra jeras han pasado por allí a explotar el oro, como la Venezuela Austin Co., la Callao Bis, Bolívar Hill, Compañía Minera Nacional Anónima, Nueva Panamá Hansa, Unión, Winchester, Chacó, Tigre, Compañía Goldsfied of Venezuela considerada con la empresa más poderosa y organizada y que operó hasta 1945: la Guayana Mines Limitad que llegó a emplear hasta mil personas y finalmente la MOCCA que terminó sus días acusa pérdidas por más de 20 millones de bolívares cubiertos con subsidios del Estado.
Hubo épocas en que El Callao llegó a producir has' mil kilogramos de oro como en 1885 por ejemplo, épocas de esplendor para el  pueblo que le brindaba  a Venezuela el orgullo de aparecer entre los países importantes que  producían oro en el mundo.  En la actualidad, con 600 kilogramos al año es difícil que aparezca,  menos cuando existes países como África del Sur que producen hasta 30 millones de onzas Troy al año.
El Callao pudiera ser  una verdadera Ciudad del Oro tanto en los aspectos físicos, social, como económico, pero no un pueblo menos como muchos pueblos petroleros que no  supieron sembrar a tiempo sus riquezas. Afortunadamente el Callao todavía cuenta con un resto de su riqueza no explotada y si ha podido aprender la lección de esto años, seguro que empezará ya a sembrar su oro para no perecer junto con el oro mismo el día en que bajo el poblado no  queden sino inmensas galerías vacías y oscuras.